"Un almita sigilosa y escondida apareció en mi vida por una ventana semi abierta.
Lo invité a pasar. Compartimos sueños que con nadie más hubiéramos compartido.
Su verborragia tan cálida y simple me dio un lugarcito en su pensar, y el invadió el mio sin pedir permiso.
Lo conocí en una plaza. La luna iluminaba nuestro idilio, avergonzado pero tan cómodo. Las palabras volaban con gusto esa madrugada del primer sábado frío de febrero.
El era tan cálido que la despedida fue lo más triste. Un beso en el cachete cerró nuestra velada hermosa y el sol nos separó en un bondi.
Estuvimos muy cerca en esos días. Pero los kilómetros que nos separaron se hicieron risas el jueves en una estación de tren.
Le había prometido un beso de reencuentro pero mutilé mi voluntad por el pudoroso tambor que rebotaba en mi pecho. Pasamos horas riendo mientras gatitos adornaban nuestra distancia vergonzosa.
Esperábamos ansiosos la hora de dormir. Y esa noche a las 12, nuestros labios juguetearon en una hoguera sin fin. El ventilador me volaba la pollera, pero la ropa ya no importaba y la dejamos de lado.
Y así la noche nos miró bailar. Desperté con un calorcito desde la espalda hasta la cabeza, y sonreí.
Lo dejé un rato mientras fui al almacén. Volví y había hecho la cama. No tardé en incitarlo a jugar a desarmarla, y el me siguió en el viaje.
Las 16 tocaron la puerta y lo acompañé a la estación. El frío se acercaba mientras el sol, y él, se alejaban. Mi noche fue mi despedida. Y no lo volví a ver."
Ese fue el fin del mágico apogeo de dos corazones separados por un tren, y en el infinito se encontrarán y revivirán el sol que crearon entre los dos.
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